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Presencia
histórica en el hogar
Cuando el hombre primitivo se percató de que al
martillar sucesivamente un trozo de cobre nativo podía
moldearlo, endurecerlo y darle diversas formas, no tardó
en descubrir que con una punta del metal podía
perforar el cuero o cortar carne y madera.
Fue así como se inició la fabricación
de hachas, cuchillos, cinceles y fuentes elaborados en
cobre, los que representaron una mejora respecto de los
de piedra y greda usados hasta entonces y que eran más
quebradizos.
El bronce hizo posible la fabricación de objetos
de mayor dureza y de piezas fundidas de diversas formas,
generalizándose su utilización en herramientas
agrícolas, como la hoz y el azadón; en la
carpintería, con hachas, cinceles y formones; y
en el hogar, con ollas, fuentes, lámparas, vasos,
así como agujas, dedales y tijeras para trabajos
de costura.
En tiempo de los romanos se difundieron los clavos decorativos,
bisagras, chapas, pies de mesas, sillas y ganchos confeccionados
en bronce, llegándose incluso a fundir divanes
completos en esta aleación.
La introducción del latón como nueva aleación
universal dio un nuevo impulso a los usos domésticos
a partir de la Edad Media, destinándose a la elaboración
de candelabros, bandejas, platos y figuras de decoración
en general.
En la América Colonial del siglo XVIII y XIX fueron
muy divulgados los objetos de cobre, especialmente en
las cocinas, a través de la confección de
fuentes, ollas, teteras, cucharones, calentadores, braseros
y anafres.
En la actualidad, el cobre sigue más presente que
nunca en la vida doméstica: desde el tendido eléctrico
de las casas, grifos, cañerías, llaves de
agua, chapas y candados, hasta todo tipo de artefactos,
equipos eléctricos y objetos ornamentales. |
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